La investigación, el reconocimiento de sus creadores y la recuperación de una historia que todavía está por escribirse
Hay esfuerzos profesionales que merecen reconocimiento
por sus resultados, y otros que, además, despiertan una profunda admiración por
la perseverancia, la generosidad y la convicción que los hacen posibles.
El trabajo que viene desarrollando el arquitecto Jaime
Coronel Zegarra pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.
Desde hace varios años, con una constancia
verdaderamente admirable, Jaime viene construyendo un extraordinario registro
documental de la arquitectura de Lima, con especial atención a las obras y los
protagonistas del siglo XX.
Su labor comprende la identificación de proyectos y
autores, la búsqueda y recuperación de documentación gráfica, la investigación
de antecedentes históricos, el acercamiento a fuentes familiares y la
reconstrucción de trayectorias profesionales que muchas veces permanecen
dispersas, insuficientemente estudiadas o sencillamente olvidadas.
Pero sería insuficiente describir su trabajo
únicamente como una recopilación de información arquitectónica.
Detrás de cada investigación existe una convicción
mucho más profunda: recuperar
la memoria de la ciudad y devolverles a sus arquitectos el reconocimiento que
merecen como creadores de nuestra cultura.
Porque Lima no es solamente el resultado de su
crecimiento urbano, de sus transformaciones económicas o de los acontecimientos
que han marcado su historia.
Es también el resultado de las ideas, las decisiones y
la creatividad de generaciones de arquitectos que contribuyeron a construir los
espacios donde transcurre nuestra existencia.
Y, paradójicamente, muchos de esos creadores
permanecen prácticamente desconocidos.
Es precisamente allí donde encuentro el extraordinario
valor de la contribución de Jaime Coronel Zegarra.
Los creadores olvidados de nuestra ciudad
En una reflexión que considero especialmente
reveladora, Jaime recuerda una afirmación del arquitecto Juvenal Baracco: los
arquitectos son, esencialmente, creadores de cultura.
La idea parece evidente, pero sus implicancias son
mucho más profundas de lo que habitualmente reconocemos.
La arquitectura no solamente proporciona espacios para
desarrollar nuestras actividades. También configura escenarios de convivencia,
construye referencias colectivas, expresa aspiraciones sociales y contribuye a
definir nuestra identidad cultural.
La ciudad es, en buena medida, la escenografía de
nuestras vidas.
Sus calles, edificios, plazas y espacios cotidianos
acompañan nuestras experiencias personales y colectivas. Son lugares que recorremos,
disfrutamos, habitamos y, en ocasiones, también padecemos.
Sin embargo, existe una contradicción difícil de
justificar.
Reconocemos naturalmente a los autores de una pintura,
una novela, un poema o una composición musical.
Consideramos que identificar a sus creadores
constituye una parte fundamental de la valoración de esas manifestaciones
culturales.
Pero cuando se trata de arquitectura, esa misma
consideración parece desaparecer.
¿Cuántas veces transitamos frente a edificios
extraordinarios sin conocer a quienes los proyectaron?
¿Cuántas obras forman parte de nuestra memoria
cotidiana mientras la identidad de sus autores permanece ignorada?
¿Y cuántas publicaciones dedicadas a la historia
urbana describen edificios y transformaciones arquitectónicas sin reconocer
suficientemente a sus responsables?
La preocupación de Jaime apunta precisamente hacia esa
omisión.
No se trata solamente de recuperar edificios
olvidados.
Se trata de devolverles identidad a sus creadores y
reconocer que la ciudad es también una obra cultural construida por personas
concretas, con ideas, conocimientos y trayectorias que merecen ser recordadas.
La arquitectura no aparece espontáneamente.
Detrás de cada edificio existe una voluntad
proyectual, una interpretación de su tiempo y una respuesta a determinadas
necesidades humanas.
Olvidar a sus autores significa perder una parte
esencial de nuestra comprensión de la ciudad.
Y recuperar sus nombres es también una forma de
restituirles el lugar que les corresponde en nuestra historia cultural.
La ciudad que creíamos conocer
Uno de los mayores méritos del trabajo de Jaime
consiste en recordarnos que Lima es una ciudad que todavía conocemos
insuficientemente.
Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a
estudiar, proyectar o reflexionar sobre la arquitectura solemos creer que
tenemos una imagen relativamente completa de los principales acontecimientos y
protagonistas de nuestra historia profesional.
Sin embargo, basta recorrer sus publicaciones para
descubrir que esa imagen es mucho más fragmentaria de lo que imaginábamos.
Aparecen edificios que hemos visto innumerables veces
sin conocer su autoría.
Proyectos cuyas cualidades arquitectónicas habían
pasado inadvertidas.
Obras que permanecen en nuestras calles esperando una
mirada capaz de reconocerlas.
Y, especialmente, aparecen arquitectos cuyas
trayectorias apenas han recibido atención, a pesar de haber contribuido
significativamente a la configuración de nuestra ciudad.
Esta última dimensión merece una reflexión particular.
La historia de la arquitectura suele organizarse
alrededor de determinados protagonistas que, por diversas circunstancias,
terminan concentrando buena parte del reconocimiento académico y editorial.
Sus obras se publican, se estudian y se convierten en
referencias recurrentes para sucesivas generaciones.
Pero esa selección, inevitablemente parcial, puede
terminar construyendo una imagen incompleta de la producción arquitectónica de
una época.
La historia que conocemos no siempre coincide con la
totalidad de la historia que ocurrió.
Y allí aparece una de las preguntas fundamentales que
plantea la investigación de Jaime:
¿Cuántos arquitectos relevantes han quedado fuera del
relato con el que aprendimos a comprender nuestra propia ciudad?
Su trabajo nos invita a revisar esas ausencias.
No necesariamente para sustituir unos protagonistas
por otros, sino para ampliar nuestra comprensión de una historia mucho más
diversa y compleja.
Reconocer a los arquitectos menos difundidos no
disminuye el valor de aquellos que ya forman parte de nuestra historiografía.
Por el contrario, permite comprenderlos dentro de un
contexto más amplio y representativo.
Porque la ciudad que habitamos no fue construida
únicamente por los nombres que aparecen en nuestros libros.
Fue el resultado de una producción colectiva,
desarrollada por numerosos profesionales cuyas contribuciones merecen ser
estudiadas y reconocidas.
La ciudad como continuidad histórica
Hay otra reflexión de Jaime que considero
especialmente importante: la necesidad de comprender la ciudad como una
continuidad histórica y arquitectónica.
En ese sentido, recuerda el pensamiento de Ernesto
Nathan Rogers, cuya concepción de la continuidad permite reconocer que la
arquitectura no puede entenderse como una sucesión de episodios completamente
independientes.
Nuestra formación académica suele organizar la
historia mediante periodos, estilos, movimientos y categorías.
La arquitectura colonial, la republicana, la moderna y
las manifestaciones contemporáneas aparecen frecuentemente como capítulos
diferenciados, cada uno con sus protagonistas, características y marcos
interpretativos.
Esta organización resulta útil para estudiar
determinados procesos.
Sin embargo, la ciudad real no funciona de esa manera.
Lima no separa físicamente sus edificios según los
capítulos de nuestros manuales.
En una misma calle pueden convivir arquitecturas
pertenecientes a distintos siglos, expresiones formales aparentemente
contradictorias y soluciones espaciales que responden a contextos culturales
muy diferentes.
Todas forman parte de una misma experiencia urbana.
La ciudad reúne tiempos distintos en un presente
compartido.
Sus edificios dialogan, se superponen, se transforman
y adquieren nuevos significados a partir de las relaciones que establecen entre
sí.
Por eso, comprender Lima exige superar las fronteras
que a veces imponemos desde nuestras especializaciones académicas.
No deberíamos estudiar la arquitectura moderna como si
hubiera surgido en una ciudad sin antecedentes, ni aproximarnos a la arquitectura
anterior a la modernidad como si su historia hubiera quedado definitivamente
concluida.
La ciudad constituye una continuidad cultural en la
que cada generación construye sobre las experiencias, transformaciones y
permanencias de las anteriores.
Desde esta perspectiva, la investigación de Jaime
adquiere una dimensión especialmente enriquecedora.
Al recuperar proyectos, autores y episodios
pertenecientes a distintos momentos de nuestra historia, contribuye a
establecer relaciones que permiten comprender la arquitectura limeña como parte
de un proceso cultural continuo.
No se trata únicamente de clasificar edificios.
Se trata de comprender cómo distintas generaciones de
arquitectos participaron en la construcción de una misma ciudad.
Y cómo esa ciudad, con sus contradicciones,
transformaciones y permanencias, continúa siendo el escenario donde nuestra
historia colectiva adquiere forma material.
Las piezas de un álbum extraordinario
Hay una imagen que me parece especialmente apropiada
para comprender el alcance del trabajo de Jaime: la de un inmenso álbum de
proyectos arquitectónicos.
Un álbum que durante décadas ha permanecido
incompleto, con páginas dispersas, fotografías sin identificar, nombres
olvidados y obras cuya importancia no siempre hemos sabido reconocer.
La metáfora adquiere todavía mayor riqueza cuando
Jaime propone imaginarlo como un álbum de figuritas cuyos protagonistas son
nuestros «héroes
arquitectos».
La expresión tiene algo de entrañable, pero también
encierra una reivindicación profundamente necesaria.
Cada arquitecto recuperado representa una figura que
vuelve a ocupar su lugar en nuestra memoria.
Cada edificio identificado constituye una pieza que
contribuye a completar una narración mucho mayor.
Cada documento encontrado permite establecer
relaciones que antes permanecían ocultas.
Y cada nueva investigación nos recuerda que todavía
existen numerosas páginas por completar.
La historia de la arquitectura limeña ha sido
estudiada por investigadores y profesionales cuyos aportes resultan
fundamentales.
Sin embargo, como sucede con toda construcción
historiográfica, todavía existen vacíos, interpretaciones parciales y numerosos
episodios que merecen nuevas aproximaciones.
El trabajo de Jaime contribuye precisamente a ampliar
ese relato.
Y lo hace desde una perspectiva que considero
especialmente valiosa: reconociendo que detrás de las obras existen personas
cuyas trayectorias forman parte inseparable de nuestra historia cultural.
El siglo XX fue un periodo decisivo para la
transformación de Lima.
La expansión urbana, la aparición de nuevas
tipologías, los cambios en las formas de habitar, la incorporación de
tecnologías constructivas y las diversas interpretaciones de la modernidad
configuraron un escenario arquitectónico de enorme riqueza.
Comprender ese proceso exige mucho más que conocer sus
obras emblemáticas.
Necesitamos reconocer también las arquitecturas menos
difundidas, los profesionales menos estudiados y las experiencias que, sin
haber alcanzado notoriedad, contribuyeron a construir la ciudad que hoy
habitamos.
En esa tarea, la documentación difundida por Jaime
constituye una contribución singular.
No porque pretenda ofrecer una historia definitiva,
sino porque amplía las posibilidades de seguir investigándola y escribiéndola.
Cada nueva pieza incorporada a ese álbum no solamente
completa una imagen del pasado: también transforma nuestra manera de comprender
el presente.
La investigación detrás de cada descubrimiento
Desde hace varios años, Jaime ha convertido su cuenta
de Instagram, @jcoronelzegarra,
en un espacio de divulgación arquitectónica de enorme interés.
Con más de tres mil publicaciones, su trabajo
constituye una fuente valiosa de información sobre edificios, proyectos,
arquitectos y episodios de nuestra historia urbana.
Sin embargo, sería un error medir la importancia de
esta contribución únicamente por el número de publicaciones.
Detrás de cada una existe un proceso de investigación
que muchas veces permanece invisible para quienes finalmente accedemos a sus
resultados.
Buscar documentación, contrastar información,
identificar autores, reconstruir trayectorias profesionales y establecer relaciones
históricas exige tiempo, paciencia y una perseverancia extraordinaria.
En ocasiones, ese esfuerzo conduce hacia fuentes
inesperadas.
Jaime recuerda, por ejemplo, una experiencia
particularmente reveladora: encontrarse sentado en la sala del sobrino nieto,
ya nonagenario, del arquitecto Klaus Georg Stach von Goltzheim, intentando
reconstruir aspectos poco conocidos de su vida, su llegada al Perú y su
producción arquitectónica.
La escena resulta extraordinariamente significativa.
Un investigador frente a un testimonio familiar,
buscando recuperar fragmentos de una trayectoria profesional que el tiempo
había dejado en el olvido.
No se trata solamente de encontrar documentos.
Se trata de reconstruir historias humanas.
De comprender cómo determinados profesionales llegaron
a formar parte de nuestra cultura arquitectónica.
De recuperar relaciones, circunstancias y experiencias
que permiten devolverles identidad a quienes contribuyeron a construir nuestra
ciudad.
Esta dimensión del trabajo de Jaime merece ser
especialmente destacada.
Porque detrás de los edificios existen personas, y
detrás de sus trayectorias profesionales hay historias que también forman parte
de nuestra memoria colectiva.
La investigación arquitectónica adquiere así una
dimensión que trasciende el estudio de las formas construidas.
Se convierte en una búsqueda de los seres humanos que
hicieron posibles esas obras.
Y esa búsqueda exige no solamente conocimientos
profesionales, sino también sensibilidad, curiosidad y una profunda convicción
sobre el valor de aquello que se intenta recuperar.
Investigar también es una forma de conservar
Solemos asociar la conservación del patrimonio
arquitectónico con la restauración de edificios, la protección normativa o la
recuperación de espacios históricos.
Todas ellas son tareas indispensables.
Pero existe una dimensión previa que muchas veces
recibe menos atención: la necesidad de conocer aquello que pretendemos
conservar.
Difícilmente podemos valorar una obra cuya historia
desconocemos.
Y todavía más difícil resulta defender su permanencia
si no contamos con información que permita comprender sus cualidades, su
contexto y su significado.
Desde esta perspectiva, la investigación documental
constituye una herramienta fundamental para la valoración patrimonial.
El trabajo de Jaime no reemplaza los estudios
especializados ni los instrumentos institucionales de protección, pero
contribuye a crear algo indispensable para que estos puedan desarrollarse:
conocimiento disponible y una creciente conciencia sobre el valor de nuestro
entorno construido.
Sus publicaciones despiertan preguntas, estimulan
nuevas búsquedas y nos invitan a observar con mayor atención edificios que
quizá siempre estuvieron frente a nosotros.
Algunas veces nos permiten descubrir obras que
desconocíamos por completo.
Otras, reencontrarnos con aquellas que ya habíamos
aprendido a valorar, pero sobre las que todavía quedaba mucho por investigar.
En ambos casos, el resultado es profundamente
enriquecedor.
Porque una ciudad comienza a proteger mejor su
patrimonio cuando sus habitantes aprenden a reconocerlo como parte de su propia
historia.
Y ese reconocimiento difícilmente puede construirse
sin investigación, documentación y divulgación.
No podemos conservar aquello que desconocemos, ni
valorar plenamente aquello cuya historia hemos dejado de contar.
La generosidad del conocimiento compartido
Hay otro aspecto de esta iniciativa que considero
particularmente admirable.
Jaime no se limita a investigar para sí mismo.
Comparte.
Y al hacerlo transforma una actividad de investigación
en una oportunidad colectiva.
En tiempos en los que la información puede convertirse
en un instrumento de exclusividad, resulta especialmente valioso encontrar
esfuerzos orientados a facilitar el acceso al conocimiento.
La elección de Instagram como plataforma de
divulgación añade, además, una dimensión interesante.
Un espacio habitualmente asociado a la inmediatez y al
consumo fugaz de imágenes se convierte, gracias a la constancia de un
investigador, en una puerta de acceso a la historia arquitectónica de nuestra
ciudad.
Hay algo profundamente estimulante en esa transformación.
El conocimiento especializado encuentra nuevas maneras
de circular, llega a públicos distintos y demuestra que la investigación
arquitectónica puede despertar interés más allá de las aulas, los archivos y
las publicaciones académicas.
No obstante, el verdadero valor de esta experiencia no
reside exclusivamente en el medio utilizado.
Reside en la voluntad de poner información al alcance
de quienes desean aprender.
Porque la difusión del conocimiento no debería
entenderse como una actividad secundaria de la investigación.
Es también una de sus responsabilidades fundamentales.
Investigar permite descubrir, interpretar y construir
conocimiento.
Compartirlo permite que ese conocimiento encuentre
nuevas posibilidades de trascendencia.
Y cuando ambas tareas se desarrollan con
perseverancia, sus resultados pueden contribuir significativamente a enriquecer
nuestra cultura arquitectónica.
Una contribución que merece continuidad
La magnitud del trabajo desarrollado por Jaime invita
también a reflexionar sobre sus posibilidades futuras.
Una producción documental de esta naturaleza
constituye una base valiosa para nuevas investigaciones, estudios comparativos
y aproximaciones historiográficas.
Su continuidad puede abrir oportunidades para
establecer vínculos con otros investigadores, contrastar información,
profundizar en determinados periodos y ampliar el conocimiento disponible sobre
la arquitectura limeña.
Sería especialmente interesante que, con el tiempo y
si así lo considera pertinente, parte de esta investigación pudiera encontrar
nuevas formas de organización y difusión mediante publicaciones especializadas,
catálogos temáticos o archivos documentales.
No porque el medio utilizado actualmente carezca de
valor, sino precisamente porque el conocimiento que allí se comparte merece
contar con las mayores posibilidades de consulta y permanencia.
La investigación arquitectónica es, por naturaleza,
una tarea abierta.
Cada hallazgo puede conducir a nuevas preguntas.
Cada documento recuperado puede permitir revisar interpretaciones
anteriores.
Cada obra identificada puede contribuir a comprender
mejor las relaciones entre arquitectura, ciudad y sociedad.
Por ello, reconocer el trabajo de Jaime significa
también valorar su potencial de continuidad.
Su contribución no debería entenderse como una
acumulación de publicaciones, sino como parte de un proceso de conocimiento que
puede seguir creciendo y enriqueciendo nuestra comprensión de la historia
arquitectónica de Lima.
La arquitectura también se construye desde la
memoria
He querido dedicar estas líneas a Jaime Coronel
Zegarra porque considero que su trabajo representa una forma especialmente
valiosa de contribuir a nuestra profesión.
No todas las aportaciones a la arquitectura se
expresan mediante edificios construidos, proyectos desarrollados o
intervenciones urbanas.
Existen también contribuciones que nacen del estudio,
de la investigación, de la interpretación histórica y de la voluntad de
transmitir conocimiento.
Y estas pueden alcanzar una trascendencia
extraordinaria.
La arquitectura necesita profesionales capaces de
imaginar y transformar el futuro, pero también investigadores comprometidos con
comprender las experiencias que hicieron posible nuestro presente.
Necesita proyectos, pero también memoria.
Necesita innovación, pero también conocimiento de sus
propios fundamentos.
Y necesita, especialmente, personas dispuestas a
compartir aquello que descubren.
En ese sentido, el trabajo de Jaime Coronel Zegarra
merece un reconocimiento que trascienda la valoración de sus resultados
cuantitativos.
Su perseverancia, su curiosidad intelectual y su
generosidad para divulgar información representan cualidades que enriquecen
nuestra comunidad profesional.
Después de veinticinco años de ejercicio profesional,
encuentro especialmente gratificante descubrir esfuerzos capaces de renovar mi
curiosidad y mi entusiasmo por la arquitectura.
El trabajo de Jaime es uno de ellos.
Por eso quiero expresarle públicamente mi
reconocimiento, mi admiración y mi agradecimiento.
Gracias, Jaime, por las innumerables horas dedicadas a
investigar, identificar, documentar y compartir.
Gracias por recordarnos que la arquitectura no
solamente se construye: también se estudia, se interpreta, se recuerda y se
transmite.
Y gracias, especialmente, por reivindicar a esos
arquitectos que, a pesar de haber contribuido a crear nuestra ciudad y nuestra
cultura, todavía esperan el reconocimiento que merecen.
Confío en que tu investigación continúe creciendo,
encontrando nuevas colaboraciones y despertando el interés de quienes todavía
no han descubierto la riqueza arquitectónica que permanece en nuestras calles,
nuestros archivos y nuestras historias familiares.
Porque si algo nos enseña este formidable álbum de la
arquitectura limeña es que nuestra historia no está terminada de escribir.
Y que, muchas veces, las páginas que nos faltan no
esperan necesariamente una gran institución o un proyecto monumental.
Esperan a alguien con la curiosidad suficiente para
buscarlas, la perseverancia necesaria para encontrarlas y la generosidad de
compartirlas.
Porque recuperar la memoria de nuestra arquitectura es
también devolverles su lugar en la historia a quienes hicieron posible nuestra
ciudad.
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