“La arquitectura moderna no es un estilo, sino una forma de vida”.
Marcel Breuer.

viernes, 30 de octubre de 2026

Jaime Coronel Zegarra: la pasión de reconstruir la memoria arquitectónica de Lima

 La investigación, el reconocimiento de sus creadores y la recuperación de una historia que todavía está por escribirse

Por Fernando Freire Forga
Arquitecto, investigador y escritor

 

Hay esfuerzos profesionales que merecen reconocimiento por sus resultados, y otros que, además, despiertan una profunda admiración por la perseverancia, la generosidad y la convicción que los hacen posibles.

El trabajo que viene desarrollando el arquitecto Jaime Coronel Zegarra pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.

Desde hace varios años, con una constancia verdaderamente admirable, Jaime viene construyendo un extraordinario registro documental de la arquitectura de Lima, con especial atención a las obras y los protagonistas del siglo XX.

Su labor comprende la identificación de proyectos y autores, la búsqueda y recuperación de documentación gráfica, la investigación de antecedentes históricos, el acercamiento a fuentes familiares y la reconstrucción de trayectorias profesionales que muchas veces permanecen dispersas, insuficientemente estudiadas o sencillamente olvidadas.

Pero sería insuficiente describir su trabajo únicamente como una recopilación de información arquitectónica.

Detrás de cada investigación existe una convicción mucho más profunda: recuperar la memoria de la ciudad y devolverles a sus arquitectos el reconocimiento que merecen como creadores de nuestra cultura.

Porque Lima no es solamente el resultado de su crecimiento urbano, de sus transformaciones económicas o de los acontecimientos que han marcado su historia.

Es también el resultado de las ideas, las decisiones y la creatividad de generaciones de arquitectos que contribuyeron a construir los espacios donde transcurre nuestra existencia.

Y, paradójicamente, muchos de esos creadores permanecen prácticamente desconocidos.

Es precisamente allí donde encuentro el extraordinario valor de la contribución de Jaime Coronel Zegarra.

Los creadores olvidados de nuestra ciudad

En una reflexión que considero especialmente reveladora, Jaime recuerda una afirmación del arquitecto Juvenal Baracco: los arquitectos son, esencialmente, creadores de cultura.

La idea parece evidente, pero sus implicancias son mucho más profundas de lo que habitualmente reconocemos.

La arquitectura no solamente proporciona espacios para desarrollar nuestras actividades. También configura escenarios de convivencia, construye referencias colectivas, expresa aspiraciones sociales y contribuye a definir nuestra identidad cultural.

La ciudad es, en buena medida, la escenografía de nuestras vidas.

Sus calles, edificios, plazas y espacios cotidianos acompañan nuestras experiencias personales y colectivas. Son lugares que recorremos, disfrutamos, habitamos y, en ocasiones, también padecemos.

Sin embargo, existe una contradicción difícil de justificar.

Reconocemos naturalmente a los autores de una pintura, una novela, un poema o una composición musical.

Consideramos que identificar a sus creadores constituye una parte fundamental de la valoración de esas manifestaciones culturales.

Pero cuando se trata de arquitectura, esa misma consideración parece desaparecer.

¿Cuántas veces transitamos frente a edificios extraordinarios sin conocer a quienes los proyectaron?

¿Cuántas obras forman parte de nuestra memoria cotidiana mientras la identidad de sus autores permanece ignorada?

¿Y cuántas publicaciones dedicadas a la historia urbana describen edificios y transformaciones arquitectónicas sin reconocer suficientemente a sus responsables?

La preocupación de Jaime apunta precisamente hacia esa omisión.

No se trata solamente de recuperar edificios olvidados.

Se trata de devolverles identidad a sus creadores y reconocer que la ciudad es también una obra cultural construida por personas concretas, con ideas, conocimientos y trayectorias que merecen ser recordadas.

La arquitectura no aparece espontáneamente.

Detrás de cada edificio existe una voluntad proyectual, una interpretación de su tiempo y una respuesta a determinadas necesidades humanas.

Olvidar a sus autores significa perder una parte esencial de nuestra comprensión de la ciudad.

Y recuperar sus nombres es también una forma de restituirles el lugar que les corresponde en nuestra historia cultural.

La ciudad que creíamos conocer

Uno de los mayores méritos del trabajo de Jaime consiste en recordarnos que Lima es una ciudad que todavía conocemos insuficientemente.

Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a estudiar, proyectar o reflexionar sobre la arquitectura solemos creer que tenemos una imagen relativamente completa de los principales acontecimientos y protagonistas de nuestra historia profesional.

Sin embargo, basta recorrer sus publicaciones para descubrir que esa imagen es mucho más fragmentaria de lo que imaginábamos.

Aparecen edificios que hemos visto innumerables veces sin conocer su autoría.

Proyectos cuyas cualidades arquitectónicas habían pasado inadvertidas.

Obras que permanecen en nuestras calles esperando una mirada capaz de reconocerlas.

Y, especialmente, aparecen arquitectos cuyas trayectorias apenas han recibido atención, a pesar de haber contribuido significativamente a la configuración de nuestra ciudad.

Esta última dimensión merece una reflexión particular.

La historia de la arquitectura suele organizarse alrededor de determinados protagonistas que, por diversas circunstancias, terminan concentrando buena parte del reconocimiento académico y editorial.

Sus obras se publican, se estudian y se convierten en referencias recurrentes para sucesivas generaciones.

Pero esa selección, inevitablemente parcial, puede terminar construyendo una imagen incompleta de la producción arquitectónica de una época.

La historia que conocemos no siempre coincide con la totalidad de la historia que ocurrió.

Y allí aparece una de las preguntas fundamentales que plantea la investigación de Jaime:

¿Cuántos arquitectos relevantes han quedado fuera del relato con el que aprendimos a comprender nuestra propia ciudad?

Su trabajo nos invita a revisar esas ausencias.

No necesariamente para sustituir unos protagonistas por otros, sino para ampliar nuestra comprensión de una historia mucho más diversa y compleja.

Reconocer a los arquitectos menos difundidos no disminuye el valor de aquellos que ya forman parte de nuestra historiografía.

Por el contrario, permite comprenderlos dentro de un contexto más amplio y representativo.

Porque la ciudad que habitamos no fue construida únicamente por los nombres que aparecen en nuestros libros.

Fue el resultado de una producción colectiva, desarrollada por numerosos profesionales cuyas contribuciones merecen ser estudiadas y reconocidas.

La ciudad como continuidad histórica

Hay otra reflexión de Jaime que considero especialmente importante: la necesidad de comprender la ciudad como una continuidad histórica y arquitectónica.

En ese sentido, recuerda el pensamiento de Ernesto Nathan Rogers, cuya concepción de la continuidad permite reconocer que la arquitectura no puede entenderse como una sucesión de episodios completamente independientes.

Nuestra formación académica suele organizar la historia mediante periodos, estilos, movimientos y categorías.

La arquitectura colonial, la republicana, la moderna y las manifestaciones contemporáneas aparecen frecuentemente como capítulos diferenciados, cada uno con sus protagonistas, características y marcos interpretativos.

Esta organización resulta útil para estudiar determinados procesos.

Sin embargo, la ciudad real no funciona de esa manera.

Lima no separa físicamente sus edificios según los capítulos de nuestros manuales.

En una misma calle pueden convivir arquitecturas pertenecientes a distintos siglos, expresiones formales aparentemente contradictorias y soluciones espaciales que responden a contextos culturales muy diferentes.

Todas forman parte de una misma experiencia urbana.

La ciudad reúne tiempos distintos en un presente compartido.

Sus edificios dialogan, se superponen, se transforman y adquieren nuevos significados a partir de las relaciones que establecen entre sí.

Por eso, comprender Lima exige superar las fronteras que a veces imponemos desde nuestras especializaciones académicas.

No deberíamos estudiar la arquitectura moderna como si hubiera surgido en una ciudad sin antecedentes, ni aproximarnos a la arquitectura anterior a la modernidad como si su historia hubiera quedado definitivamente concluida.

La ciudad constituye una continuidad cultural en la que cada generación construye sobre las experiencias, transformaciones y permanencias de las anteriores.

Desde esta perspectiva, la investigación de Jaime adquiere una dimensión especialmente enriquecedora.

Al recuperar proyectos, autores y episodios pertenecientes a distintos momentos de nuestra historia, contribuye a establecer relaciones que permiten comprender la arquitectura limeña como parte de un proceso cultural continuo.

No se trata únicamente de clasificar edificios.

Se trata de comprender cómo distintas generaciones de arquitectos participaron en la construcción de una misma ciudad.

Y cómo esa ciudad, con sus contradicciones, transformaciones y permanencias, continúa siendo el escenario donde nuestra historia colectiva adquiere forma material.

Las piezas de un álbum extraordinario

Hay una imagen que me parece especialmente apropiada para comprender el alcance del trabajo de Jaime: la de un inmenso álbum de proyectos arquitectónicos.

Un álbum que durante décadas ha permanecido incompleto, con páginas dispersas, fotografías sin identificar, nombres olvidados y obras cuya importancia no siempre hemos sabido reconocer.

La metáfora adquiere todavía mayor riqueza cuando Jaime propone imaginarlo como un álbum de figuritas cuyos protagonistas son nuestros «héroes arquitectos».

La expresión tiene algo de entrañable, pero también encierra una reivindicación profundamente necesaria.

Cada arquitecto recuperado representa una figura que vuelve a ocupar su lugar en nuestra memoria.

Cada edificio identificado constituye una pieza que contribuye a completar una narración mucho mayor.

Cada documento encontrado permite establecer relaciones que antes permanecían ocultas.

Y cada nueva investigación nos recuerda que todavía existen numerosas páginas por completar.

La historia de la arquitectura limeña ha sido estudiada por investigadores y profesionales cuyos aportes resultan fundamentales.

Sin embargo, como sucede con toda construcción historiográfica, todavía existen vacíos, interpretaciones parciales y numerosos episodios que merecen nuevas aproximaciones.

El trabajo de Jaime contribuye precisamente a ampliar ese relato.

Y lo hace desde una perspectiva que considero especialmente valiosa: reconociendo que detrás de las obras existen personas cuyas trayectorias forman parte inseparable de nuestra historia cultural.

El siglo XX fue un periodo decisivo para la transformación de Lima.

La expansión urbana, la aparición de nuevas tipologías, los cambios en las formas de habitar, la incorporación de tecnologías constructivas y las diversas interpretaciones de la modernidad configuraron un escenario arquitectónico de enorme riqueza.

Comprender ese proceso exige mucho más que conocer sus obras emblemáticas.

Necesitamos reconocer también las arquitecturas menos difundidas, los profesionales menos estudiados y las experiencias que, sin haber alcanzado notoriedad, contribuyeron a construir la ciudad que hoy habitamos.

En esa tarea, la documentación difundida por Jaime constituye una contribución singular.

No porque pretenda ofrecer una historia definitiva, sino porque amplía las posibilidades de seguir investigándola y escribiéndola.

Cada nueva pieza incorporada a ese álbum no solamente completa una imagen del pasado: también transforma nuestra manera de comprender el presente.

La investigación detrás de cada descubrimiento

Desde hace varios años, Jaime ha convertido su cuenta de Instagram, @jcoronelzegarra, en un espacio de divulgación arquitectónica de enorme interés.

Con más de tres mil publicaciones, su trabajo constituye una fuente valiosa de información sobre edificios, proyectos, arquitectos y episodios de nuestra historia urbana.

Sin embargo, sería un error medir la importancia de esta contribución únicamente por el número de publicaciones.

Detrás de cada una existe un proceso de investigación que muchas veces permanece invisible para quienes finalmente accedemos a sus resultados.

Buscar documentación, contrastar información, identificar autores, reconstruir trayectorias profesionales y establecer relaciones históricas exige tiempo, paciencia y una perseverancia extraordinaria.

En ocasiones, ese esfuerzo conduce hacia fuentes inesperadas.

Jaime recuerda, por ejemplo, una experiencia particularmente reveladora: encontrarse sentado en la sala del sobrino nieto, ya nonagenario, del arquitecto Klaus Georg Stach von Goltzheim, intentando reconstruir aspectos poco conocidos de su vida, su llegada al Perú y su producción arquitectónica.

La escena resulta extraordinariamente significativa.

Un investigador frente a un testimonio familiar, buscando recuperar fragmentos de una trayectoria profesional que el tiempo había dejado en el olvido.

No se trata solamente de encontrar documentos.

Se trata de reconstruir historias humanas.

De comprender cómo determinados profesionales llegaron a formar parte de nuestra cultura arquitectónica.

De recuperar relaciones, circunstancias y experiencias que permiten devolverles identidad a quienes contribuyeron a construir nuestra ciudad.

Esta dimensión del trabajo de Jaime merece ser especialmente destacada.

Porque detrás de los edificios existen personas, y detrás de sus trayectorias profesionales hay historias que también forman parte de nuestra memoria colectiva.

La investigación arquitectónica adquiere así una dimensión que trasciende el estudio de las formas construidas.

Se convierte en una búsqueda de los seres humanos que hicieron posibles esas obras.

Y esa búsqueda exige no solamente conocimientos profesionales, sino también sensibilidad, curiosidad y una profunda convicción sobre el valor de aquello que se intenta recuperar.

Investigar también es una forma de conservar

Solemos asociar la conservación del patrimonio arquitectónico con la restauración de edificios, la protección normativa o la recuperación de espacios históricos.

Todas ellas son tareas indispensables.

Pero existe una dimensión previa que muchas veces recibe menos atención: la necesidad de conocer aquello que pretendemos conservar.

Difícilmente podemos valorar una obra cuya historia desconocemos.

Y todavía más difícil resulta defender su permanencia si no contamos con información que permita comprender sus cualidades, su contexto y su significado.

Desde esta perspectiva, la investigación documental constituye una herramienta fundamental para la valoración patrimonial.

El trabajo de Jaime no reemplaza los estudios especializados ni los instrumentos institucionales de protección, pero contribuye a crear algo indispensable para que estos puedan desarrollarse: conocimiento disponible y una creciente conciencia sobre el valor de nuestro entorno construido.

Sus publicaciones despiertan preguntas, estimulan nuevas búsquedas y nos invitan a observar con mayor atención edificios que quizá siempre estuvieron frente a nosotros.

Algunas veces nos permiten descubrir obras que desconocíamos por completo.

Otras, reencontrarnos con aquellas que ya habíamos aprendido a valorar, pero sobre las que todavía quedaba mucho por investigar.

En ambos casos, el resultado es profundamente enriquecedor.

Porque una ciudad comienza a proteger mejor su patrimonio cuando sus habitantes aprenden a reconocerlo como parte de su propia historia.

Y ese reconocimiento difícilmente puede construirse sin investigación, documentación y divulgación.

No podemos conservar aquello que desconocemos, ni valorar plenamente aquello cuya historia hemos dejado de contar.

La generosidad del conocimiento compartido

Hay otro aspecto de esta iniciativa que considero particularmente admirable.

Jaime no se limita a investigar para sí mismo.

Comparte.

Y al hacerlo transforma una actividad de investigación en una oportunidad colectiva.

En tiempos en los que la información puede convertirse en un instrumento de exclusividad, resulta especialmente valioso encontrar esfuerzos orientados a facilitar el acceso al conocimiento.

La elección de Instagram como plataforma de divulgación añade, además, una dimensión interesante.

Un espacio habitualmente asociado a la inmediatez y al consumo fugaz de imágenes se convierte, gracias a la constancia de un investigador, en una puerta de acceso a la historia arquitectónica de nuestra ciudad.

Hay algo profundamente estimulante en esa transformación.

El conocimiento especializado encuentra nuevas maneras de circular, llega a públicos distintos y demuestra que la investigación arquitectónica puede despertar interés más allá de las aulas, los archivos y las publicaciones académicas.

No obstante, el verdadero valor de esta experiencia no reside exclusivamente en el medio utilizado.

Reside en la voluntad de poner información al alcance de quienes desean aprender.

Porque la difusión del conocimiento no debería entenderse como una actividad secundaria de la investigación.

Es también una de sus responsabilidades fundamentales.

Investigar permite descubrir, interpretar y construir conocimiento.

Compartirlo permite que ese conocimiento encuentre nuevas posibilidades de trascendencia.

Y cuando ambas tareas se desarrollan con perseverancia, sus resultados pueden contribuir significativamente a enriquecer nuestra cultura arquitectónica.

Una contribución que merece continuidad

La magnitud del trabajo desarrollado por Jaime invita también a reflexionar sobre sus posibilidades futuras.

Una producción documental de esta naturaleza constituye una base valiosa para nuevas investigaciones, estudios comparativos y aproximaciones historiográficas.

Su continuidad puede abrir oportunidades para establecer vínculos con otros investigadores, contrastar información, profundizar en determinados periodos y ampliar el conocimiento disponible sobre la arquitectura limeña.

Sería especialmente interesante que, con el tiempo y si así lo considera pertinente, parte de esta investigación pudiera encontrar nuevas formas de organización y difusión mediante publicaciones especializadas, catálogos temáticos o archivos documentales.

No porque el medio utilizado actualmente carezca de valor, sino precisamente porque el conocimiento que allí se comparte merece contar con las mayores posibilidades de consulta y permanencia.

La investigación arquitectónica es, por naturaleza, una tarea abierta.

Cada hallazgo puede conducir a nuevas preguntas.

Cada documento recuperado puede permitir revisar interpretaciones anteriores.

Cada obra identificada puede contribuir a comprender mejor las relaciones entre arquitectura, ciudad y sociedad.

Por ello, reconocer el trabajo de Jaime significa también valorar su potencial de continuidad.

Su contribución no debería entenderse como una acumulación de publicaciones, sino como parte de un proceso de conocimiento que puede seguir creciendo y enriqueciendo nuestra comprensión de la historia arquitectónica de Lima.

La arquitectura también se construye desde la memoria

He querido dedicar estas líneas a Jaime Coronel Zegarra porque considero que su trabajo representa una forma especialmente valiosa de contribuir a nuestra profesión.

No todas las aportaciones a la arquitectura se expresan mediante edificios construidos, proyectos desarrollados o intervenciones urbanas.

Existen también contribuciones que nacen del estudio, de la investigación, de la interpretación histórica y de la voluntad de transmitir conocimiento.

Y estas pueden alcanzar una trascendencia extraordinaria.

La arquitectura necesita profesionales capaces de imaginar y transformar el futuro, pero también investigadores comprometidos con comprender las experiencias que hicieron posible nuestro presente.

Necesita proyectos, pero también memoria.

Necesita innovación, pero también conocimiento de sus propios fundamentos.

Y necesita, especialmente, personas dispuestas a compartir aquello que descubren.

En ese sentido, el trabajo de Jaime Coronel Zegarra merece un reconocimiento que trascienda la valoración de sus resultados cuantitativos.

Su perseverancia, su curiosidad intelectual y su generosidad para divulgar información representan cualidades que enriquecen nuestra comunidad profesional.

Después de veinticinco años de ejercicio profesional, encuentro especialmente gratificante descubrir esfuerzos capaces de renovar mi curiosidad y mi entusiasmo por la arquitectura.

El trabajo de Jaime es uno de ellos.

Por eso quiero expresarle públicamente mi reconocimiento, mi admiración y mi agradecimiento.

Gracias, Jaime, por las innumerables horas dedicadas a investigar, identificar, documentar y compartir.

Gracias por recordarnos que la arquitectura no solamente se construye: también se estudia, se interpreta, se recuerda y se transmite.

Y gracias, especialmente, por reivindicar a esos arquitectos que, a pesar de haber contribuido a crear nuestra ciudad y nuestra cultura, todavía esperan el reconocimiento que merecen.

Confío en que tu investigación continúe creciendo, encontrando nuevas colaboraciones y despertando el interés de quienes todavía no han descubierto la riqueza arquitectónica que permanece en nuestras calles, nuestros archivos y nuestras historias familiares.

Porque si algo nos enseña este formidable álbum de la arquitectura limeña es que nuestra historia no está terminada de escribir.

Y que, muchas veces, las páginas que nos faltan no esperan necesariamente una gran institución o un proyecto monumental.

Esperan a alguien con la curiosidad suficiente para buscarlas, la perseverancia necesaria para encontrarlas y la generosidad de compartirlas.

Porque recuperar la memoria de nuestra arquitectura es también devolverles su lugar en la historia a quienes hicieron posible nuestra ciudad.

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