“La arquitectura moderna no es un estilo, sino una forma de vida”.
Marcel Breuer.

viernes, 30 de octubre de 2026

Jaime Coronel Zegarra: la pasión de reconstruir la memoria arquitectónica de Lima

 La investigación, el reconocimiento de sus creadores y la recuperación de una historia que todavía está por escribirse

Por Fernando Freire Forga
Arquitecto, investigador y escritor

 

Hay esfuerzos profesionales que merecen reconocimiento por sus resultados, y otros que, además, despiertan una profunda admiración por la perseverancia, la generosidad y la convicción que los hacen posibles.

El trabajo que viene desarrollando el arquitecto Jaime Coronel Zegarra pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.

Desde hace varios años, con una constancia verdaderamente admirable, Jaime viene construyendo un extraordinario registro documental de la arquitectura de Lima, con especial atención a las obras y los protagonistas del siglo XX.

Su labor comprende la identificación de proyectos y autores, la búsqueda y recuperación de documentación gráfica, la investigación de antecedentes históricos, el acercamiento a fuentes familiares y la reconstrucción de trayectorias profesionales que muchas veces permanecen dispersas, insuficientemente estudiadas o sencillamente olvidadas.

Pero sería insuficiente describir su trabajo únicamente como una recopilación de información arquitectónica.

Detrás de cada investigación existe una convicción mucho más profunda: recuperar la memoria de la ciudad y devolverles a sus arquitectos el reconocimiento que merecen como creadores de nuestra cultura.

Porque Lima no es solamente el resultado de su crecimiento urbano, de sus transformaciones económicas o de los acontecimientos que han marcado su historia.

Es también el resultado de las ideas, las decisiones y la creatividad de generaciones de arquitectos que contribuyeron a construir los espacios donde transcurre nuestra existencia.

Y, paradójicamente, muchos de esos creadores permanecen prácticamente desconocidos.

Es precisamente allí donde encuentro el extraordinario valor de la contribución de Jaime Coronel Zegarra.

Los creadores olvidados de nuestra ciudad

En una reflexión que considero especialmente reveladora, Jaime recuerda una afirmación del arquitecto Juvenal Baracco: los arquitectos son, esencialmente, creadores de cultura.

La idea parece evidente, pero sus implicancias son mucho más profundas de lo que habitualmente reconocemos.

La arquitectura no solamente proporciona espacios para desarrollar nuestras actividades. También configura escenarios de convivencia, construye referencias colectivas, expresa aspiraciones sociales y contribuye a definir nuestra identidad cultural.

La ciudad es, en buena medida, la escenografía de nuestras vidas.

Sus calles, edificios, plazas y espacios cotidianos acompañan nuestras experiencias personales y colectivas. Son lugares que recorremos, disfrutamos, habitamos y, en ocasiones, también padecemos.

Sin embargo, existe una contradicción difícil de justificar.

Reconocemos naturalmente a los autores de una pintura, una novela, un poema o una composición musical.

Consideramos que identificar a sus creadores constituye una parte fundamental de la valoración de esas manifestaciones culturales.

Pero cuando se trata de arquitectura, esa misma consideración parece desaparecer.

¿Cuántas veces transitamos frente a edificios extraordinarios sin conocer a quienes los proyectaron?

¿Cuántas obras forman parte de nuestra memoria cotidiana mientras la identidad de sus autores permanece ignorada?

¿Y cuántas publicaciones dedicadas a la historia urbana describen edificios y transformaciones arquitectónicas sin reconocer suficientemente a sus responsables?

La preocupación de Jaime apunta precisamente hacia esa omisión.

No se trata solamente de recuperar edificios olvidados.

Se trata de devolverles identidad a sus creadores y reconocer que la ciudad es también una obra cultural construida por personas concretas, con ideas, conocimientos y trayectorias que merecen ser recordadas.

La arquitectura no aparece espontáneamente.

Detrás de cada edificio existe una voluntad proyectual, una interpretación de su tiempo y una respuesta a determinadas necesidades humanas.

Olvidar a sus autores significa perder una parte esencial de nuestra comprensión de la ciudad.

Y recuperar sus nombres es también una forma de restituirles el lugar que les corresponde en nuestra historia cultural.

La ciudad que creíamos conocer

Uno de los mayores méritos del trabajo de Jaime consiste en recordarnos que Lima es una ciudad que todavía conocemos insuficientemente.

Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a estudiar, proyectar o reflexionar sobre la arquitectura solemos creer que tenemos una imagen relativamente completa de los principales acontecimientos y protagonistas de nuestra historia profesional.

Sin embargo, basta recorrer sus publicaciones para descubrir que esa imagen es mucho más fragmentaria de lo que imaginábamos.

Aparecen edificios que hemos visto innumerables veces sin conocer su autoría.

Proyectos cuyas cualidades arquitectónicas habían pasado inadvertidas.

Obras que permanecen en nuestras calles esperando una mirada capaz de reconocerlas.

Y, especialmente, aparecen arquitectos cuyas trayectorias apenas han recibido atención, a pesar de haber contribuido significativamente a la configuración de nuestra ciudad.

Esta última dimensión merece una reflexión particular.

La historia de la arquitectura suele organizarse alrededor de determinados protagonistas que, por diversas circunstancias, terminan concentrando buena parte del reconocimiento académico y editorial.

Sus obras se publican, se estudian y se convierten en referencias recurrentes para sucesivas generaciones.

Pero esa selección, inevitablemente parcial, puede terminar construyendo una imagen incompleta de la producción arquitectónica de una época.

La historia que conocemos no siempre coincide con la totalidad de la historia que ocurrió.

Y allí aparece una de las preguntas fundamentales que plantea la investigación de Jaime:

¿Cuántos arquitectos relevantes han quedado fuera del relato con el que aprendimos a comprender nuestra propia ciudad?

Su trabajo nos invita a revisar esas ausencias.

No necesariamente para sustituir unos protagonistas por otros, sino para ampliar nuestra comprensión de una historia mucho más diversa y compleja.

Reconocer a los arquitectos menos difundidos no disminuye el valor de aquellos que ya forman parte de nuestra historiografía.

Por el contrario, permite comprenderlos dentro de un contexto más amplio y representativo.

Porque la ciudad que habitamos no fue construida únicamente por los nombres que aparecen en nuestros libros.

Fue el resultado de una producción colectiva, desarrollada por numerosos profesionales cuyas contribuciones merecen ser estudiadas y reconocidas.

La ciudad como continuidad histórica

Hay otra reflexión de Jaime que considero especialmente importante: la necesidad de comprender la ciudad como una continuidad histórica y arquitectónica.

En ese sentido, recuerda el pensamiento de Ernesto Nathan Rogers, cuya concepción de la continuidad permite reconocer que la arquitectura no puede entenderse como una sucesión de episodios completamente independientes.

Nuestra formación académica suele organizar la historia mediante periodos, estilos, movimientos y categorías.

La arquitectura colonial, la republicana, la moderna y las manifestaciones contemporáneas aparecen frecuentemente como capítulos diferenciados, cada uno con sus protagonistas, características y marcos interpretativos.

Esta organización resulta útil para estudiar determinados procesos.

Sin embargo, la ciudad real no funciona de esa manera.

Lima no separa físicamente sus edificios según los capítulos de nuestros manuales.

En una misma calle pueden convivir arquitecturas pertenecientes a distintos siglos, expresiones formales aparentemente contradictorias y soluciones espaciales que responden a contextos culturales muy diferentes.

Todas forman parte de una misma experiencia urbana.

La ciudad reúne tiempos distintos en un presente compartido.

Sus edificios dialogan, se superponen, se transforman y adquieren nuevos significados a partir de las relaciones que establecen entre sí.

Por eso, comprender Lima exige superar las fronteras que a veces imponemos desde nuestras especializaciones académicas.

No deberíamos estudiar la arquitectura moderna como si hubiera surgido en una ciudad sin antecedentes, ni aproximarnos a la arquitectura anterior a la modernidad como si su historia hubiera quedado definitivamente concluida.

La ciudad constituye una continuidad cultural en la que cada generación construye sobre las experiencias, transformaciones y permanencias de las anteriores.

Desde esta perspectiva, la investigación de Jaime adquiere una dimensión especialmente enriquecedora.

Al recuperar proyectos, autores y episodios pertenecientes a distintos momentos de nuestra historia, contribuye a establecer relaciones que permiten comprender la arquitectura limeña como parte de un proceso cultural continuo.

No se trata únicamente de clasificar edificios.

Se trata de comprender cómo distintas generaciones de arquitectos participaron en la construcción de una misma ciudad.

Y cómo esa ciudad, con sus contradicciones, transformaciones y permanencias, continúa siendo el escenario donde nuestra historia colectiva adquiere forma material.

Las piezas de un álbum extraordinario

Hay una imagen que me parece especialmente apropiada para comprender el alcance del trabajo de Jaime: la de un inmenso álbum de proyectos arquitectónicos.

Un álbum que durante décadas ha permanecido incompleto, con páginas dispersas, fotografías sin identificar, nombres olvidados y obras cuya importancia no siempre hemos sabido reconocer.

La metáfora adquiere todavía mayor riqueza cuando Jaime propone imaginarlo como un álbum de figuritas cuyos protagonistas son nuestros «héroes arquitectos».

La expresión tiene algo de entrañable, pero también encierra una reivindicación profundamente necesaria.

Cada arquitecto recuperado representa una figura que vuelve a ocupar su lugar en nuestra memoria.

Cada edificio identificado constituye una pieza que contribuye a completar una narración mucho mayor.

Cada documento encontrado permite establecer relaciones que antes permanecían ocultas.

Y cada nueva investigación nos recuerda que todavía existen numerosas páginas por completar.

La historia de la arquitectura limeña ha sido estudiada por investigadores y profesionales cuyos aportes resultan fundamentales.

Sin embargo, como sucede con toda construcción historiográfica, todavía existen vacíos, interpretaciones parciales y numerosos episodios que merecen nuevas aproximaciones.

El trabajo de Jaime contribuye precisamente a ampliar ese relato.

Y lo hace desde una perspectiva que considero especialmente valiosa: reconociendo que detrás de las obras existen personas cuyas trayectorias forman parte inseparable de nuestra historia cultural.

El siglo XX fue un periodo decisivo para la transformación de Lima.

La expansión urbana, la aparición de nuevas tipologías, los cambios en las formas de habitar, la incorporación de tecnologías constructivas y las diversas interpretaciones de la modernidad configuraron un escenario arquitectónico de enorme riqueza.

Comprender ese proceso exige mucho más que conocer sus obras emblemáticas.

Necesitamos reconocer también las arquitecturas menos difundidas, los profesionales menos estudiados y las experiencias que, sin haber alcanzado notoriedad, contribuyeron a construir la ciudad que hoy habitamos.

En esa tarea, la documentación difundida por Jaime constituye una contribución singular.

No porque pretenda ofrecer una historia definitiva, sino porque amplía las posibilidades de seguir investigándola y escribiéndola.

Cada nueva pieza incorporada a ese álbum no solamente completa una imagen del pasado: también transforma nuestra manera de comprender el presente.

La investigación detrás de cada descubrimiento

Desde hace varios años, Jaime ha convertido su cuenta de Instagram, @jcoronelzegarra, en un espacio de divulgación arquitectónica de enorme interés.

Con más de tres mil publicaciones, su trabajo constituye una fuente valiosa de información sobre edificios, proyectos, arquitectos y episodios de nuestra historia urbana.

Sin embargo, sería un error medir la importancia de esta contribución únicamente por el número de publicaciones.

Detrás de cada una existe un proceso de investigación que muchas veces permanece invisible para quienes finalmente accedemos a sus resultados.

Buscar documentación, contrastar información, identificar autores, reconstruir trayectorias profesionales y establecer relaciones históricas exige tiempo, paciencia y una perseverancia extraordinaria.

En ocasiones, ese esfuerzo conduce hacia fuentes inesperadas.

Jaime recuerda, por ejemplo, una experiencia particularmente reveladora: encontrarse sentado en la sala del sobrino nieto, ya nonagenario, del arquitecto Klaus Georg Stach von Goltzheim, intentando reconstruir aspectos poco conocidos de su vida, su llegada al Perú y su producción arquitectónica.

La escena resulta extraordinariamente significativa.

Un investigador frente a un testimonio familiar, buscando recuperar fragmentos de una trayectoria profesional que el tiempo había dejado en el olvido.

No se trata solamente de encontrar documentos.

Se trata de reconstruir historias humanas.

De comprender cómo determinados profesionales llegaron a formar parte de nuestra cultura arquitectónica.

De recuperar relaciones, circunstancias y experiencias que permiten devolverles identidad a quienes contribuyeron a construir nuestra ciudad.

Esta dimensión del trabajo de Jaime merece ser especialmente destacada.

Porque detrás de los edificios existen personas, y detrás de sus trayectorias profesionales hay historias que también forman parte de nuestra memoria colectiva.

La investigación arquitectónica adquiere así una dimensión que trasciende el estudio de las formas construidas.

Se convierte en una búsqueda de los seres humanos que hicieron posibles esas obras.

Y esa búsqueda exige no solamente conocimientos profesionales, sino también sensibilidad, curiosidad y una profunda convicción sobre el valor de aquello que se intenta recuperar.

Investigar también es una forma de conservar

Solemos asociar la conservación del patrimonio arquitectónico con la restauración de edificios, la protección normativa o la recuperación de espacios históricos.

Todas ellas son tareas indispensables.

Pero existe una dimensión previa que muchas veces recibe menos atención: la necesidad de conocer aquello que pretendemos conservar.

Difícilmente podemos valorar una obra cuya historia desconocemos.

Y todavía más difícil resulta defender su permanencia si no contamos con información que permita comprender sus cualidades, su contexto y su significado.

Desde esta perspectiva, la investigación documental constituye una herramienta fundamental para la valoración patrimonial.

El trabajo de Jaime no reemplaza los estudios especializados ni los instrumentos institucionales de protección, pero contribuye a crear algo indispensable para que estos puedan desarrollarse: conocimiento disponible y una creciente conciencia sobre el valor de nuestro entorno construido.

Sus publicaciones despiertan preguntas, estimulan nuevas búsquedas y nos invitan a observar con mayor atención edificios que quizá siempre estuvieron frente a nosotros.

Algunas veces nos permiten descubrir obras que desconocíamos por completo.

Otras, reencontrarnos con aquellas que ya habíamos aprendido a valorar, pero sobre las que todavía quedaba mucho por investigar.

En ambos casos, el resultado es profundamente enriquecedor.

Porque una ciudad comienza a proteger mejor su patrimonio cuando sus habitantes aprenden a reconocerlo como parte de su propia historia.

Y ese reconocimiento difícilmente puede construirse sin investigación, documentación y divulgación.

No podemos conservar aquello que desconocemos, ni valorar plenamente aquello cuya historia hemos dejado de contar.

La generosidad del conocimiento compartido

Hay otro aspecto de esta iniciativa que considero particularmente admirable.

Jaime no se limita a investigar para sí mismo.

Comparte.

Y al hacerlo transforma una actividad de investigación en una oportunidad colectiva.

En tiempos en los que la información puede convertirse en un instrumento de exclusividad, resulta especialmente valioso encontrar esfuerzos orientados a facilitar el acceso al conocimiento.

La elección de Instagram como plataforma de divulgación añade, además, una dimensión interesante.

Un espacio habitualmente asociado a la inmediatez y al consumo fugaz de imágenes se convierte, gracias a la constancia de un investigador, en una puerta de acceso a la historia arquitectónica de nuestra ciudad.

Hay algo profundamente estimulante en esa transformación.

El conocimiento especializado encuentra nuevas maneras de circular, llega a públicos distintos y demuestra que la investigación arquitectónica puede despertar interés más allá de las aulas, los archivos y las publicaciones académicas.

No obstante, el verdadero valor de esta experiencia no reside exclusivamente en el medio utilizado.

Reside en la voluntad de poner información al alcance de quienes desean aprender.

Porque la difusión del conocimiento no debería entenderse como una actividad secundaria de la investigación.

Es también una de sus responsabilidades fundamentales.

Investigar permite descubrir, interpretar y construir conocimiento.

Compartirlo permite que ese conocimiento encuentre nuevas posibilidades de trascendencia.

Y cuando ambas tareas se desarrollan con perseverancia, sus resultados pueden contribuir significativamente a enriquecer nuestra cultura arquitectónica.

Una contribución que merece continuidad

La magnitud del trabajo desarrollado por Jaime invita también a reflexionar sobre sus posibilidades futuras.

Una producción documental de esta naturaleza constituye una base valiosa para nuevas investigaciones, estudios comparativos y aproximaciones historiográficas.

Su continuidad puede abrir oportunidades para establecer vínculos con otros investigadores, contrastar información, profundizar en determinados periodos y ampliar el conocimiento disponible sobre la arquitectura limeña.

Sería especialmente interesante que, con el tiempo y si así lo considera pertinente, parte de esta investigación pudiera encontrar nuevas formas de organización y difusión mediante publicaciones especializadas, catálogos temáticos o archivos documentales.

No porque el medio utilizado actualmente carezca de valor, sino precisamente porque el conocimiento que allí se comparte merece contar con las mayores posibilidades de consulta y permanencia.

La investigación arquitectónica es, por naturaleza, una tarea abierta.

Cada hallazgo puede conducir a nuevas preguntas.

Cada documento recuperado puede permitir revisar interpretaciones anteriores.

Cada obra identificada puede contribuir a comprender mejor las relaciones entre arquitectura, ciudad y sociedad.

Por ello, reconocer el trabajo de Jaime significa también valorar su potencial de continuidad.

Su contribución no debería entenderse como una acumulación de publicaciones, sino como parte de un proceso de conocimiento que puede seguir creciendo y enriqueciendo nuestra comprensión de la historia arquitectónica de Lima.

La arquitectura también se construye desde la memoria

He querido dedicar estas líneas a Jaime Coronel Zegarra porque considero que su trabajo representa una forma especialmente valiosa de contribuir a nuestra profesión.

No todas las aportaciones a la arquitectura se expresan mediante edificios construidos, proyectos desarrollados o intervenciones urbanas.

Existen también contribuciones que nacen del estudio, de la investigación, de la interpretación histórica y de la voluntad de transmitir conocimiento.

Y estas pueden alcanzar una trascendencia extraordinaria.

La arquitectura necesita profesionales capaces de imaginar y transformar el futuro, pero también investigadores comprometidos con comprender las experiencias que hicieron posible nuestro presente.

Necesita proyectos, pero también memoria.

Necesita innovación, pero también conocimiento de sus propios fundamentos.

Y necesita, especialmente, personas dispuestas a compartir aquello que descubren.

En ese sentido, el trabajo de Jaime Coronel Zegarra merece un reconocimiento que trascienda la valoración de sus resultados cuantitativos.

Su perseverancia, su curiosidad intelectual y su generosidad para divulgar información representan cualidades que enriquecen nuestra comunidad profesional.

Después de veinticinco años de ejercicio profesional, encuentro especialmente gratificante descubrir esfuerzos capaces de renovar mi curiosidad y mi entusiasmo por la arquitectura.

El trabajo de Jaime es uno de ellos.

Por eso quiero expresarle públicamente mi reconocimiento, mi admiración y mi agradecimiento.

Gracias, Jaime, por las innumerables horas dedicadas a investigar, identificar, documentar y compartir.

Gracias por recordarnos que la arquitectura no solamente se construye: también se estudia, se interpreta, se recuerda y se transmite.

Y gracias, especialmente, por reivindicar a esos arquitectos que, a pesar de haber contribuido a crear nuestra ciudad y nuestra cultura, todavía esperan el reconocimiento que merecen.

Confío en que tu investigación continúe creciendo, encontrando nuevas colaboraciones y despertando el interés de quienes todavía no han descubierto la riqueza arquitectónica que permanece en nuestras calles, nuestros archivos y nuestras historias familiares.

Porque si algo nos enseña este formidable álbum de la arquitectura limeña es que nuestra historia no está terminada de escribir.

Y que, muchas veces, las páginas que nos faltan no esperan necesariamente una gran institución o un proyecto monumental.

Esperan a alguien con la curiosidad suficiente para buscarlas, la perseverancia necesaria para encontrarlas y la generosidad de compartirlas.

Porque recuperar la memoria de nuestra arquitectura es también devolverles su lugar en la historia a quienes hicieron posible nuestra ciudad.

martes, 27 de octubre de 2026

25 AÑOS DE ARQUITECTURA

La gratitud, la memoria y los protagonistas



Hay momentos en la vida en los que resulta inevitable mirar hacia atrás. No necesariamente para hacer un balance de lo conseguido, sino, sobre todo, para agradecer lo vivido.

Agradecer a la vida misma, que me ha brindado los medios y las oportunidades para recorrer este camino. A mis padres, que hicieron posibles mis primeros pasos; a mi familia, a mi esposa y a mis hijos, que le dan sentido a cada nueva aventura.

No todo ha sido fácil, naturalmente. Pero he llegado a considerar que la gratitud tiene una virtud extraordinaria: cuando aprendemos a agradecer, incluso las experiencias más difíciles encuentran su lugar en la perfección de lo vivido.

Todavía me queda un largo trecho por recorrer y muchísimo por aprender. Cuánto tiempo tendremos para hacerlo es inevitablemente incierto. Pero mientras estamos aquí, tenemos la maravillosa posibilidad de disfrutar, descubrir y aprender a amar lo que tenemos.

En ese recorrido, la arquitectura ha ocupado un lugar muy especial.

Lo que comenzó siendo una pasión terminó convirtiéndose en mi refugio, en ese territorio de confianza al que siempre puedo regresar.

Y, como buen buscador de tesoros, encontré en la investigación, recopilación y difusión de la arquitectura moderna una aventura que, lejos de agotarse, se vuelve cada día más fascinante y enriquecedora.

En estos últimos años, mientras emprendía nuevas experiencias en el extranjero, la arquitectura volvió a cobijarme. Me permitió descubrir nuevas rutas, ampliar horizontes y compartir hallazgos con personas extraordinarias.

Porque, al final, lo más valioso de cualquier aventura no son solamente los lugares que descubrimos ni las obras que estudiamos, sino las personas que encontramos en el camino.

Este año celebro 25 años de ejercicio profesional, y quisiera dedicar una parte importante de esta celebración precisamente a ellas: personas que, desde sus propias inquietudes, convicciones y esfuerzos, vienen realizando aportes de especial trascendencia para el conocimiento, la valoración y la difusión de la arquitectura moderna.

Quiero comenzar reconociendo a tres arquitectos cuyos trabajos he tenido la fortuna de conocer de cerca y, en distintas circunstancias, el privilegio de acompañar.


Jaime Coronel Zegarra

La fascinante reconstrucción de la memoria arquitectónica de Lima

Desde hace más de una década, el arquitecto Jaime Coronel Zegarra viene desarrollando una labor de investigación y difusión tan generosa como extraordinaria.

Su interés por descubrir las historias que se esconden detrás de los edificios de Lima, particularmente aquellos construidos durante el siglo XX, ha permitido abrir una verdadera caja de Pandora.

Edificaciones cuyos autores permanecían prácticamente desconocidos, proyectos sobre los que existían escasas referencias y episodios olvidados de nuestra historia arquitectónica han comenzado a recuperar nombres, fechas, circunstancias y protagonistas.

Lo fascinante de su trabajo es que cada descubrimiento parece conducir a nuevas preguntas, ampliando continuamente las posibilidades de estudiar con mayor precisión y rigor la producción arquitectónica limeña.

Sus más de 3,000 publicaciones en Instagram constituyen un extraordinario repositorio de información, imágenes, referencias y hallazgos que merece ser conocido, consultado y valorado.

Pero quisiera destacar especialmente algo que considero fundamental: el carácter generoso y desinteresado de esta labor.

Porque investigar también es una forma de preservar, y compartir lo descubierto constituye, en sí mismo, un valioso servicio a la cultura arquitectónica.


Wiley Ludeña Urquizo

La arquitectura moderna y el reconocimiento de su trascendencia cultural

Otro trabajo que merece un reconocimiento especial es el desarrollado por el arquitecto e investigador Wiley Ludeña Urquizo.

Después de años de investigación, coordinaciones y perseverancia, Wiley viene impulsando una valiosa iniciativa orientada al reconocimiento y la protección patrimonial de la Torre del Reloj de Talavera, en Andahuaylas, una singular manifestación de la arquitectura moderna peruana.

Sin embargo, quisiera destacar un mérito que considero incluso más trascendente que el reconocimiento de una obra particular: su capacidad para identificar, investigar y poner en valor expresiones arquitectónicas que, por distintas circunstancias, han permanecido al margen de los relatos más difundidos de nuestra historia.

Su trabajo nos invita a cuestionar una mirada excesivamente concentrada en Lima y a reconocer que la modernidad arquitectónica peruana también se construyó en otros territorios, desde otras realidades culturales y con protagonistas que merecen ser conocidos.

Reconocer la arquitectura moderna en los Andes profundos es también ampliar nuestra comprensión del Perú.

Pero hay algo más que quisiera destacar: la generosidad de compartir el conocimiento y de convocar a otros profesionales a participar en esta tarea de investigación y descubrimiento.

He tenido recientemente la satisfacción de experimentar personalmente esa generosidad, que considero una de las virtudes más valiosas de quienes entienden la arquitectura no solamente como una profesión, sino también como un compromiso con la cultura y la sociedad.

El trabajo de Wiley constituye, en ese sentido, un referente especialmente valioso para futuras iniciativas de investigación, salvaguarda y difusión de nuestro patrimonio arquitectónico.


José Luis Colmenares

Frank Lloyd Wright y la búsqueda de los fundamentos de la modernidad

Finalmente, quisiera destacar el extraordinario trabajo de investigación que viene desarrollando el arquitecto José Luis Colmenares en torno a la vida y obra de Frank Lloyd Wright.

He tenido el privilegio de compartir con él una aventura editorial que nos ha permitido publicar ocho volúmenes de la serie El Epítome Americano: Frank Lloyd Wright, dedicada al estudio de su trayectoria y producción arquitectónica.

Más allá de la magnitud de una obra tan extensa y compleja, considero que uno de los mayores atributos de José Luis es su particular agudeza para investigar los antecedentes, la formación y las circunstancias que contribuyeron a configurar el pensamiento arquitectónico de Wright.

Su aproximación no se limita al estudio de los edificios como objetos aislados. Busca comprender las relaciones entre las experiencias personales, las influencias culturales, las transformaciones sociales y las ideas que dieron origen a una de las producciones arquitectónicas más trascendentales de la historia moderna.

Esta perspectiva permite reconocer a Wright no solamente como un creador excepcional, sino como un protagonista fundamental en la construcción de los principios que transformarían profundamente nuestra manera de comprender la arquitectura.

Compartir esta investigación ha sido, para mí, una experiencia de aprendizaje permanente. Cada nuevo volumen, cada discusión y cada descubrimiento nos recuerda cuánto queda todavía por estudiar, interpretar y comprender.

Y quizás esa sea una de las mayores satisfacciones de la investigación: descubrir que el conocimiento nunca termina de construirse.


Celebrar es también agradecer

Estos tres arquitectos, desde campos y aproximaciones diferentes, comparten algo que considero especialmente valioso: la convicción de que la arquitectura merece ser investigada, comprendida, preservada y compartida.

Sus trabajos nos recuerdan que la trascendencia de nuestra profesión no reside exclusivamente en proyectar o construir edificios. También está en descubrir sus historias, reconocer a sus protagonistas, comprender sus significados y contribuir a que ese conocimiento permanezca disponible para las generaciones futuras.

A lo largo de estos 25 años he aprendido que la arquitectura no es solamente aquello que hacemos. Es también una manera de observar el mundo, de relacionarnos con los demás y de encontrar sentido a nuestras propias experiencias.

Hoy, más que celebrar un aniversario profesional, quiero agradecer a quienes han hecho de este recorrido una experiencia profundamente humana.

A los que estuvieron desde el comienzo, a quienes llegaron después y a quienes todavía tendré la fortuna de conocer.

Porque aún queda mucho por descubrir, mucho por aprender y, seguramente, muchas historias por compartir.

Mientras tengamos la oportunidad de seguir caminando, que nunca nos falten la curiosidad, la gratitud y el entusiasmo por lo que hacemos.

25 años de arquitectura. Y la convicción de que lo más valioso sigue siendo aprender.


martes, 11 de noviembre de 2025

El universo Waracuy

Muy agradecido y feliz de compartir esta publicación realizada por VEREDES 



Fernando Freire Forga · El universo Waracuy

En el panorama contemporáneo de la arquitectura y el pensamiento, pocas figuras logran fusionar la rigurosidad técnica con una profunda exploración humanística. Fernando Freire Forga, arquitecto de formación y pensador por vocación, encarna esta dualidad, enriqueciendo el debate sobre cómo habitamos el mundo. Conocido también por su pseudónimo literario Waracuy, Fernando Freire Forga nos invita a un viaje intelectual que abarca desde la materialidad de la construcción hasta las dimensiones más etéreas de la memoria, la ética y el porvenir humano.

Nacido en Lima, Perú, el 21 de marzo de 1977, Fernando Freire Forga cimentó su formación académica en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), donde cursó estudios de Arquitectura entre 1994 y 2000. Su talento fue reconocido tempranamente al obtener el Primer Premio del Concurso PROCOBRE–PERÚ en 1999, gracias a su tesis innovadora “Edificio Automatizado de Oficinas: Usos del Cobre en la Arquitectura”.

Posteriormente, amplió su visión con estudios de Doctorado en Arquitectura Moderna en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB) de la Universidad Politécnica de Cataluña (España).

Esta sólida trayectoria académica y profesional se complementa con su labor como docente investigador en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y la Universidad Privada del Norte (UPN), así como con su ejercicio como arquitecto independiente, consolidándolo como una de las voces más representativas de la arquitectura peruana contemporánea.

Sin embargo, la trayectoria de Fernando Freire Forga trasciende los planos y las estructuras. Bajo el enigmático nombre de Waracuy, se revela como un escritor y pensador cuya obra literaria explora los límites entre lo real y lo mítico, la sabiduría ancestral y el análisis crítico de la modernidad. Sus escritos, caracterizados por un estilo poético y profundo, abordan temas como el alma humana, el impacto de la inteligencia artificial y la urgente necesidad de reconstruir la civilización desde la integridad.

Waracuy no solo busca respuestas, sino que propone un nuevo sentido y una nueva posibilidad para habitar el mundo, conectando con lectores en múltiples idiomas que anhelan una comprensión más profunda de su existencia.

La entrevista que presentamos a continuación es una oportunidad única para adentrarnos en la mente de este arquitecto-pensador. Exploraremos cómo Fernando Freire Forga y Waracuy coexisten y se retroalimentan, cómo su formación arquitectónica influye en su visión literaria y filosófica, y cuáles son los desafíos y las oportunidades que identifica en la intersección de la arquitectura, la tecnología y la espiritualidad. Prepárense para un diálogo revelador con una de las mentes más originales de nuestro tiempo, un verdadero puente entre la tradición y la conciencia contemporánea.

Fernando Freire Forga, arquitecto
¿Cómo se definiría Fernando Freire Forga?

Soy un arquitecto que ha aprendido a mirar más allá de la forma.

La arquitectura me dio método, pero la vida me dio contenido. He dedicado años a estudiar el espacio y su relación con el ser humano, y en ese proceso descubrí que lo verdaderamente importante no está en lo que se construye, sino en lo que se siente. Me definiría como un observador constante del alma humana y de su modo de habitar el mundo.

¿Cómo, cuándo y por qué acaba Fernando Freire Forga desdoblándose como Waracuy?

Waracuy nació en silencio, sin plan previo. Durante años acumulé reflexiones, experiencias, memorias, y un día comprendí que necesitaban una voz propia. No fue un desdoblamiento, sino una expansión: Waracuy es la parte de mí que escribe lo que la arquitectura no puede decir con planos.

Representa una mirada más libre, más poética y más humana hacia el tiempo que vivimos.

¿Te encontraste con muchas dificultades para iniciarte? ¿Cuál fue (o es o será) el momento más crítico como Waracuy?

Las dificultades siempre han estado ahí, pero nunca como obstáculos, sino como parte del camino. Quizás el momento más crítico fue el inicio mismo: aceptar que podía construir sin ladrillos, que podía edificar desde la palabra.

Abrir un nuevo lenguaje exige desapego, y Waracuy implicó eso: despojarme del título, del método, del peso de lo aprendido, y volver a empezar desde la intuición.

¿Has tenido que complementar tu formación y trayectoria profesional para crear Waracuy? ¿Consideras que estudiar arquitectura ha sido importante para desarrollar tu trabajo actual?

He complementado mi formación con estudios en filosofía, antropología, arqueología y espiritualidad, porque necesitaba entender al ser humano más allá de la técnica y la forma. La arquitectura me enseñó a pensar con estructura y claridad; esas otras disciplinas me dieron el contenido y la profundidad.

Mi vínculo con la arquitectura moderna sigue siendo esencial, pero Waracuy nace de un espacio más amplio: de la observación de lo humano y de la necesidad de explorar su dimensión interior. Waracuy representa esa combinación que une pensamiento, emoción y sentido, y que procura fomentar un camino saludable frente a los cambios inminentes que ya nos anuncian los tiempos por venir.

En la práctica, esa visión también se traduce en la arquitectura: en materiales honestos, procesos transparentes y proyectos que priorizan al ser humano sobre la forma.


Local Comercial TUK, Campiña de Moche, Trujillo – Perú. Diseño y construcción 2017 – 2018. Arquitecto Fernando Freire Forga. Actualmente forma parte del recorrido de arquitectura moderna en la costa norte del país.
¿Cómo ha evolucionado Waracuy desde sus inicios? ¿Cómo es el día a día de Fernando Freire Forga como Waracuy?

Waracuy comenzó como una catarsis y se ha convertido en un universo literario.

Al principio fue una manera de ordenar pensamientos; hoy es un espacio de diálogo con miles de lectores. Mi día a día es una mezcla entre la disciplina del arquitecto y la libertad del escritor: estructurar ideas, observar el mundo, traducir la experiencia en palabra. No hay rutina fija, pero sí una constante: la búsqueda de sentido.

¿Cómo coordinas las distintas facetas de arquitecto, escritor y pensador peruano?

Con naturalidad. No son facetas separadas, sino manifestaciones de una misma mirada. La arquitectura me da estructura, la escritura me da voz, y el pensamiento me da rumbo. Todo lo que hago, en el fondo, pertenece al mismo impulso: comprender cómo habitamos —el espacio, el tiempo, la existencia— y cómo podemos hacerlo con más conciencia.

¿Qué tipo de proyectos o actividades desarrollas como Waracuy?

Waracuy funciona como un laboratorio de pensamiento y creación.

Desde allí desarrollo proyectos que combinan reflexión, arte, palabra y observación social, siempre con la intención de generar conciencia sobre el tiempo que nos toca vivir. No se trata solo de escribir libros, sino de abrir espacios de diálogo, de transmitir experiencias, de transformar lo cotidiano en símbolo.

Hay una línea curatorial que atraviesa todo: rescatar la sensibilidad humana en un mundo saturado de información. Por eso, Waracuy se manifiesta en diversas formas —editoriales, visuales, culturales—, todas unidas por una misma raíz: inspirar una manera más consciente, ética y poética de estar en el mundo.

¿Qué referencias manejas a la hora de marcar el rumbo de Waracuy?

Las referencias de Waracuy no provienen de un solo campo, sino de la vida misma. Encuentro inspiración en la filosofía, en la arquitectura moderna, en las tradiciones andinas, en la arqueología y en la espiritualidad de los pueblos que aún conservan una relación sagrada con la tierra. Pero también en la ciencia, en la historia del pensamiento occidental y en todo aquello que refleje la necesidad de equilibrio entre progreso y conciencia.

Más que seguir teorías, me interesa escuchar las señales del tiempo: lo que la humanidad dice —o calla— a través de sus crisis y sus silencios.

Waracuy se guía por esa brújula interior que mezcla observación, memoria y sentido común, buscando siempre un punto medio entre la reflexión intelectual y la sabiduría ancestral.

Actualmente mi lugar de trabajo es virtual, desde casa con mi ordenador o desde cualquier lado con mi teléfono, me encuentro desarrollando proyectos y nuevos emprendimientos.


Fernando Freire Forga · El Universo WARACUY
¿A qué segmento de público te diriges como Waracuy?

Waracuy no apunta a un público masivo, sino a un lector despierto, curioso, que busca ir más allá de la inmediatez. Está dirigido a quienes sienten que algo esencial se está perdiendo en medio del ruido y buscan reencontrar un equilibrio entre razón, emoción y propósito. Podría decirse que es un espacio para quienes aún creen que la palabra puede sanar y que la belleza sigue siendo una forma de resistencia.

El público de Waracuy no se define por edad ni profesión, sino por sensibilidad: son personas que observan, que cuestionan, que sienten. Más que lectores, los veo como compañeros de viaje, caminando en la misma dirección: hacia una forma más consciente de habitar el mundo.

¿Cómo es el proceso de creación como Waracuy?

El proceso creativo de Waracuy parte siempre de una intuición, de una sensación que me acompaña durante días antes de tomar forma en palabras.

A veces nace de una emoción, otras de una observación o una pregunta que no me deja en paz. No escribo desde la prisa; escribo cuando algo dentro de mí necesita ordenarse y hacerse visible.

Luego llega la estructura. Ahí entra el arquitecto: el que organiza, depura y da ritmo a la materia emocional. Trabajo los textos como si fueran espacios: con proporción, luz y silencio. Más que un método, Waracuy es un estado de conciencia: escuchar, dejar que la vida hable primero y luego traducir eso en forma.

¿Estableces sinergias con otros campos?

Sí, siempre. Nada de lo que hago nace en un solo territorio. Waracuy se nutre de los cruces: de la arquitectura con la palabra, del arte con la reflexión, de lo íntimo con lo universal. Creo en las convergencias más que en las especializaciones; en el diálogo silencioso entre disciplinas que se observan y se transforman mutuamente.

La colaboración con JOSÉ LUIS COLMENARES es parte esencial de ese encuentro.

Juntos exploramos la obra de Frank Lloyd Wright en la serie El Epítome Americano, donde la forma y el espíritu se entrelazan como materia viva.

Más allá de lo académico, busco sinergias con quienes sienten que el conocimiento no debe dividir, sino unir. Ese punto de equilibrio, entre pensamiento y afecto, es el que da sentido a todo lo que hago.

¿Cómo y para qué utilizas las nuevas tecnologías? ¿La red ha facilitado tu labor?

Las nuevas tecnologías han ampliado mi horizonte de creación. No las veo como una amenaza, sino como una extensión del pensamiento, una herramienta que permite ordenar ideas y conectar mundos. La red, usada con propósito, es un territorio fértil para compartir conocimiento y despertar conciencia.

En mi caso, la tecnología ha sido el puente que transformó años de reflexión en obra. Me ha ofrecido agilidad, pero sobre todo presencia: la posibilidad de llegar a quien, en otro contexto, jamás habría leído una de mis páginas.

El reto está en mantener la humanidad en medio de la velocidad.

Usar la herramienta sin ser usado por ella.


Obras y proyectos de Fernando Freire Forga
¿Compaginas o complementas esta actividad con otras labores o en otros campos?

Sí, y creo que ahí está el equilibrio. Sigo vinculado a la arquitectura como investigador, docente y proyectista. Ese contacto con la realidad material me mantiene en tierra, me recuerda que las ideas también deben sostenerse.

Al mismo tiempo, desarrollo proyectos editoriales y artísticos dentro del universo Waracuy, donde la reflexión adquiere una dimensión más amplia.

Esa línea literaria ha crecido más de lo que imaginé: hoy los libros de Waracuy se han traducido a cinco idiomas y comienzan a encontrar lectores en distintos continentes. No lo vivo como un logro comercial, sino como una confirmación de que los temas que abordo —la búsqueda de sentido, la conexión con lo esencial, la transformación interior— son universales.

Ambas labores se alimentan: la arquitectura me enseña estructura y paciencia; la escritura me devuelve emoción y propósito. Compaginar no es dividir el tiempo, sino integrar lo que uno es. Y en mi caso, todo forma parte del mismo camino.

La arquitectura tiene abiertos muchos frentes de batalla. ¿No serán demasiados para la polarización existente dentro de la misma?

Los frentes no son demasiados: lo que es excesivo es el ego que los sostiene. Vivimos una época donde lo esencial de la humanidad ha sido desplazado por la espectacularidad del yo, y la arquitectura no ha escapado a esa distorsión. Nos hemos preocupado más por el gesto que por el sentido.

En La Última Arquitectura reflexiono precisamente sobre ese vacío. El problema no es técnico ni económico: es existencial. La arquitectura ha perdido parte de su vocación humana porque olvidó que su tarea no es impresionar, sino dar cobijo al alma del tiempo.

¿Cómo ves el futuro de la arquitectura? ¿Y el de la profesión?

Estamos viviendo un cambio tan profundo como el paso del nomadismo al sedentarismo. Solo que ahora ocurre en una sola generación. La irrupción de la inteligencia artificial, los nuevos materiales y la automatización transformarán todo, pero el verdadero desafío será humano: cómo sostener el sentido en medio de la inmediatez.

La arquitectura del futuro no será la de los grandes gestos, sino la de los pequeños actos bien pensados. Espacios honestos, adaptables, con alma.

Si logramos volver a lo esencial, la profesión no desaparecerá: renacerá con propósito.


Libros y publicaciones de Fernando Freire Forga
¿Qué mejoras crees que son fundamentales y que deberían aplicarse de inmediato?

Primero, replantear la enseñanza. Formamos arquitectos para un mundo que ya no existe. Las escuelas deben enseñar a comprender el contexto, el territorio, el tiempo y la vida que lo habita.

Segundo, recuperar la dignidad del oficio. El arquitecto debe volver a sentirse responsable de la sociedad que construye. Y por último, reconciliar la arquitectura con la existencia: la técnica no salvará al ser humano si este olvida por qué construye.

Como emprendedor, ¿qué opinas de los arquitectos que abren nuevos campos y enfoques de la profesión?

Lo considero no solo legítimo, sino necesario. Cuando un arquitecto se abre a otros campos —la escritura, la docencia, la filosofía o el arte—, no se aleja del oficio: lo amplía. En mi caso, tanto Waracuy como El Epítome Americano nacieron así: de una búsqueda más que de un plan.

Hay dos maneras de emprender: una forzando la idea, otra armándola en el camino. Ambas pueden llegar al mismo destino, pero la experiencia es distinta: una se impulsa desde el control, la otra desde la armonía. Es como surfear una ola o atravesarla en una moto acuática: el punto final puede ser el mismo, pero la esencia del viaje lo cambia todo.

Yo prefiero escuchar la ola. Porque en esa entrega nacen las obras que de verdad permanecen.

¿Estás contento con la trayectoria realizada hasta ahora? ¿Qué proyectos de futuro te esperan?

Más que contento, agradecido. He aprendido que la trayectoria no se mide por la cantidad de obras, sino por la coherencia entre lo que uno piensa, hace y siente. Hoy vivo un momento de plenitud creativa: Waracuy sigue expandiéndose con nuevos libros y proyectos culturales, mientras que El Epítome Americano continúa explorando el legado de Frank Lloyd Wright.

Ambos universos se complementan: uno aborda la materia, el otro el espíritu.

Y en el plano personal, mi mayor proyecto es seguir disfrutando el proceso.

La vida no se trata de alcanzar metas, sino de sostener el equilibrio mientras se avanza.

Para acabar, ¿qué le aconsejarías a los actuales estudiantes y futuros profesionales de arquitectura?

Les diría que no se apuren. El mundo ya produce demasiado; lo que necesita ahora es profundidad. La arquitectura no se aprende solo con planos ni software: se aprende mirando, caminando, escuchando, viviendo.

Que no teman a la lentitud: en los procesos largos se forma el criterio.

Y que recuerden siempre: diseñar no es imponer una forma, sino descubrir una verdad. La arquitectura del futuro necesitará menos egos y más conciencia, menos ruido y más silencio.

Ahí comienza la verdadera arquitectura.


Fernando Freire Forga · El universo Waracuy

Entrevista realizada por Ana Barreiro Blanco y Alberto Alonso Oro. Agradecer a Sergio su tiempo y predisposición con este pequeño espacio.